
La conversación sobre la minería argentina gira hoy casi exclusivamente en torno a dos protagonistas: el cobre, con los grandes pórfidos andinos en desarrollo, y el litio, motor del boom exportador reciente. Pero detrás de esa vidriera hay una segunda capa de minerales (cobalto, níquel, tierras raras y uranio) que la industria global ya trata como estratégicos, y donde la Argentina cuenta con potencial geológico identificado aunque todavía poco desarrollado. Así lo plantea Panorama Minero en su edición 533.
Durante décadas, el interés minero mundial giró en torno al carbón, el hierro, el oro, la plata y el cobre. La electrificación, la transición energética y la irrupción de la era digital sumaron una nueva capa de demanda sobre minerales antes considerados secundarios. El factor que los volvió estratégicos no es solo la cantidad de reservas disponibles, sino su altísima concentración geográfica: pocos países controlan la oferta de cada uno, lo que genera preocupación en las principales economías consumidoras por asegurar cadenas de abastecimiento alternativas a China.
China es, en efecto, el punto de referencia obligado: no solo es el mayor consumidor mundial de minerales y metales, sino también uno de los principales productores y, sobre todo, el actor dominante en su refinación e industrialización.
La oferta mundial de cobalto está altamente concentrada: la República Democrática del Congo lideró la producción de 2025 con 230.000 toneladas (74% del total), seguida por Indonesia con 44.000 toneladas (14%). Entre esos dos países y Rusia se explica cerca del 90% del suministro global. En el plano de la industrialización, la concentración es aún mayor: China domina el cobalto refinado y la fabricación de baterías NMC, con una participación que la Agencia Internacional de Energía proyecta se mantendrá por encima del 75% hacia 2040.
En la Argentina, el principal potencial identificado está en San Luis, donde el proyecto Las Águilas —sulfuros de níquel-cobalto-cobre-PGM en rocas máficas-ultramáficas— cuenta con perforaciones y trabajos metalúrgicos históricos. Es, por ahora, la referencia local más concreta para un mineral cuya oferta mundial sigue extremadamente concentrada.
A diferencia del cobalto, en el níquel el mayor productor es también el mayor refinador. Indonesia produjo 2,6 millones de toneladas en 2025 —muy por encima de Filipinas (0,27 Mt) y Rusia (0,2 Mt)— y concentra el 45% de la capacidad de refinación global, seguida por China con 33%. Entre Indonesia, Filipinas y Rusia se explica el 78% de la oferta mundial.
El SEGEMAR identifica en San Luis el mismo vector geológico que para el cobalto (Las Águilas) y señala además el distrito histórico Purísima/Cochinoca, en Jujuy, como una ocurrencia de níquel pendiente de verificación. Son antecedentes interesantes, aunque todavía lejos del nivel de desarrollo de los grandes productores mundiales.
Si hay un caso de manual sobre vulnerabilidad geopolítica en minerales, es el de las tierras raras. China produjo unas 270.000 toneladas de óxidos de tierras raras (REO) en 2025, y junto con Estados Unidos, Australia y Myanmar concentra el 94% de la producción mundial. En refinación, el dominio chino es aún más marcado: pasaría de 75% en 2025 a 80% en 2035, según proyecciones de la Agencia Internacional de Energía.
El SEGEMAR identificó ocurrencias de tierras raras en varias provincias argentinas. Las más relevantes: el Distrito Rangel, en la Puna salteño-jujeña, en etapa temprana de exploración; Rodeo de los Molles, en San Luis, asociado a un complejo carbonatítico con neodimio y praseodimio, considerado el depósito más avanzado del país; y Jasimampa, en Santiago del Estero, un área prospectiva con manifestaciones de tierras raras y niobio en exploración inicial.
El uranio tiene una dinámica distinta a los tres anteriores: la oferta mundial está algo menos concentrada (Kazajistán, Canadá, Namibia, Australia y Uzbekistán explican más del 80%) y la Argentina cuenta con una ventaja que no tiene en los otros minerales críticos: siete décadas de tradición nuclear, con la CNEA, reactores de investigación propios y conocimiento acumulado en toda la cadena del combustible.
A eso se suma actividad concreta tanto estatal como privada. Sierra Pintada, en Mendoza, produjo 1.600 toneladas de uranio entre 1975 y 1997 —cerca del 20% del recurso total estimado del yacimiento— y hoy vuelve a discutirse como activo estratégico más allá de su remediación ambiental. En el sector privado, Amarillo Grande (Blue Sky Uranium, Río Negro) ya cuenta con una Evaluación Económica Preliminar, mientras Jaguar Uranium avanza con campañas exploratorias en Mendoza y Chubut.
El patrón que atraviesa a los cuatro minerales es el mismo: mercados globales dominados por uno o dos países, con China como actor central en refinación y transformación industrial, y una Argentina que ya consolidó su rol como productor de oro, plata y litio, con potencial adicional para convertirse en productor de cobre a partir de los grandes pórfidos andinos.
El paso siguiente —cobalto, níquel, tierras raras, y en menor medida uranio— depende menos de la geología, que ya está identificada en varios distritos, y más de la inversión, el trabajo técnico-científico y la continuidad de las campañas de exploración necesarias para transformar esas ocurrencias en proyectos de desarrollo concreto.
Fuente: Panorama Minero, Edición 553, junio 2026: "Más allá del cobre y el litio: una mirada sobre el cobalto, el níquel, las tierras raras y el uranio, y su potencial para la minería argentina". Datos de producción y reservas: SEGEMAR, Agencia Internacional de Energía (IEA), World Nuclear Association.